Escribo esto desde el pasado, desde el sitio do me recreo. Soy un ser inmutable que no sabe lo que se ha perdido ni ganado con los años. Frente a la pantalla de mi celular, anhelo lo que se desliza debajo de mi índice y los pulgares sólo sostienen el peso de lo que sí tengo. Si comento o escribo algo es sólo desde otro espacio seguro: la nada. O el futuro. Son lo mismo. Ese espacio abierto en medio de un campo hecho de cráneos, prolijo en huesos que el Viejo Nick apila unos tras otros. Enyodado.
Digamos que he vuelto. Que no hay nada que duela más harto que el silencio. Si, cuando te estás durmiendo, cierras los ojos, no sabes si despertarás en un instante o en dos horas; igual que cuando despiertas no tienes una idea de cuanto más seguirás soñando. El abrir y cerrarlos en una convención, un parpadeo. El vivir con ellos también es un hecho. Una realidad. Pareciera que todo lo que percibimos ahora entra sólo por ellos. Enrojecidos de tanto mirar, saciados de una, de otra y de nuevo. Pero no me dejen seguir digresionando que las lagañas no se estancan en ningún verbo. Déjenme abrir los ojos una vez más, que no sé si los volveré a cerrar pronto.
Ralph Fiennes mide un metro ochenta. No es tan alto como su carrera. Ni tan extenso en adaptaciones literarias. ¿Será que las adaptaciones de los libros que nos gustan son un criterio de evaluación vital? ¿Podemos medir a nuestros héroes por lo cerca que sus vidas han pasado de las nuestras? ¿Aunque sólo sea por medio de las letras? ¿En medio de ellas? ¿No se han cansado del recurso de las preguntas retóricas?
La verdad es que no sé qué inventar fresco. El arduo y ventoso camino (venturoso, sinuoso) de las digresiones se parece a todos los otros caminos que llevan a la nada, al templo de huesos. Podrá haber mil soles nuevos, pero nada nuevo debajo de ellos. Pero tampoco es que sea importante. Inventar cosas frescas, digo. No es relevante mientras exista alguien que siga leyendo. Se lee para descubrir la arqueología de lo que llevamos dentro, se ven películas para encontrarlo de nuevo. Recreado.
Estarán de acuerdo conmigo si digo que el regocijo de la ucronía nunca es lo diverso, lo diametralmente opuesto a lo que existe, sino aquellos puntos de encuentro en los que aún con otro lenguaje, en otro idioma, con cosas ideas y en otros escenarios, son los mismo o podrían serlo. No importa que haya zombis y que no existan los celulares, si la gente sigue temiendo al diablo y creyendo en la ciencia como en la última trinchera en contra.
Pero hablábamos de Fiennes y su apelativa carrera: de su Onegin, de su Mauricio, de su Blake, de su lector, de su chef, de Voldemort y el doctor Kelson. Hablamos de cómo el recuerdo de un gran (sitio) trasero puede ser el espanto de un colgante e infecto delantero. De como una vida puede colarse en otra. La vida de un libro, de un personaje, de un actor y de alguien que escribe. Creo que Fiennes guarda en mi libro un rostro afable, el rostro de alguien que me recuerda a muchos que no he conocido y me entraña a los que conozco. ¿A quienes dejé de conocer? ¿A dónde vuela un personaje cuando ya no es visto?
Como siempre, raras veces sé lo que digo. Como nunca, no puedo dejar de escribirlo. Esos adverbios… tramposos, groseros, el modo incierto encerrado de cierto modo. Entonces, en medio del cine, el telón revela que nunca se trató de una frase (en latín) matona, ni de mi boca exaltada llenando tus medias de baba; sino de personificar al mayor enemigo mientras tomo tu mano sudada.