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Las tramas pasadas

El niño perdido

No recuerdo con exactitud la primera vez que escuché “El Sinaloense”. No sabía que fue compuesta por Severiano Briseño en una noche de tormenta. La recuerdo por dos cosas: por movida y porque es una melodía intertextual. En dicha canción, una envalentonada voz poética (https://e1.portalacademico.cch.unam.mx/alumno/tlriid2/unidad4/comprensionPoemas/yoPoetico) reta a los músicos de una fiesta que le toquen tres canciones: “El quelite”, “El torito” y “El niño perdido”. La primera de las tres es una dulce advertencia que un hombre despechado hace a su examor una noche antes de partir. La segunda, la sublimación inversa del deseo de un hombre. De esas dos, ninguna se ha quedado en mi alma.

            Es lugar común decir que las películas de terror no serían nada sin música. No solamente por los brincos que un chirrido pueda proporcionar a la audiencia; sino por la atmósfera enrarecida que una progresión extraña de acordes pueda provocarnos. Ejemplo de la última opción es el filme canadiense The Changeling (1980). La música es un tono más de la paleta de recursos que el director, Peter Medak, despliega. La actuación, neutra y más cargada a lo psicológico, de George C. Scott, me parece acertada. Se necesita compromiso para encarnar a un músico en pantalla. Scott lo tuvo al grado de aprender a tocar la pieza que su personaje (John Russell) ejecuta al inicio del largometraje. El terror es un género muy complicado por dos razones: porque, como dice Víctor Antonio Bravo: el terror es como el orgasmo, insostenible más allá del instante; la otra razón son los actores y lo difícil que es hacerlos llegar a la histeria, o a ese estado orgásmico que es el terror, sin que exageren. Medak lo logró aún con el pavor que le tenía a George Scott (tenía fama de actor difícil de tratar) y es reconocido por el impecable ejercicio de mesura que legó a la historia de las películas de terror. Combinando intriga y miedo, crea un relato sobre la venganza, la avaricia y la verdad; una historia a la que no le sobra que Martin Scorsese y Alejandro Amenábar la hayan puesto en sus respectivas listas de mejores películas de terror.  

            Cuando mi abuelo cumplió ochenta años, invitó a todos sus hijos y nietos para agasajarlos con delicioso mole verde, picoso mole rojo y suaves carnitas de cerdo. Todo quedó dispuesto fuera de su casa. Sobre un patio inclinado compuesto de tierra y piedra, tres pares de mesas largas con manteles blancos; en una orilla se acomodó un sonido (Sonido Púas) con sus bocinas negras y su quinteto de luces y lámparas programadas para herir los ojos del que se atreviera a verlas; todo estaba rodeado de una lona amarilla que nos protegía del clima y sus rigores. Durante la comedera, antes de que el sonido se adueñara del ambiente, un conjunto de mariachi nos deleitó a todos cumpliendo peticiones musicales. Casi a todos.

            No es fácil ser niño en este mundo. Aunque quizá sea menos peligroso que ser niña. En un entorno tan sobredesarrollado y mutante, la fragilidad de lo tierno se multiplica. La especie humana lleva años entendiéndolo y a quien dude de esas certezas lo invito a sentarse a leer los cuentos de los hermanos Grimm: el mundo no es un lugar fácil, desobedecer es morir, ser astuto es tener otro amanecer tras los ojos. En el folklore europeo hay una leyenda persistente: es una que narra la sustitución infantil. Un hada, un elfo, un troll o una bruja roban un bebé humano y en su lugar dejan un bebé otro. Menos capaz o distinto. Las motivaciones para realizar dicho intercambio, varían de lo increíble a lo grotesco, de lo benéfico a lo maldito. Todo al servicio del tema a explorar. En inglés, al niño otro se le conoce como el changeling.

            De la reciente filmografía nacional destaco una escena que me emociona como pocas cosas. Como a muchos de los hombres que nacieron en Occidente, a mí también me cuesta trabajo convivir con mi padre. Busco su aprobación como un cachorrito ciego; como un colibrí, el néctar de las flores; como una chinche, la sangre. Ávido de catarsis, no puedo evitar la revoltura de sentimientos al momento de ver la reconciliación del hijo y el padre en el climax de la película Una última y nos vamos (2015). En el centro de la ciudad de México, a dos pares de cuadras del zócalo está el Teatro del Pueblo; escenario de la reconciliación. Después de haberse separado con lujo de palabras hirientes, padre e hijo se reconcilian bajo las notas ¿solemnes? ¿heroicas? de la trompeta. La canción: “El niño perdido” (https://www.youtube.com/watch?v=kaEutd-0xTI). Mi emotividad simplona no me permitió saber que esa canción era “El niño perdido”. Mucho tiempo después de haber visto dicho filme, frente a uno de los varios pelotones de fusilamiento que uno se encuentra durante la juventud, recordé la escena y busqué el nombre de la canción.

            Es la música, en mi vida, una constante dicha. Un refugio que he disfrutado privilegiadamente. Nadie me maltrató ni abusó de mí en mi infancia. Nunca tuve que quedarme en la casa de ningún vecino porque mi mamá y mi papá estuvieran trabajando. Mi flojera era lo único que me separaba de dormir con el estómago lleno o vacío. Nada sabía de discapacidades ni de venganzas. Si hubiera visto la película de Medak, en ese entonces sólo hubiera sufrido la atmósfera y las manifestaciones sobrenaturales, de ninguna manera habría podido empatizar con el duelo del protagonista, ni con su desesperación frente al fantasma de un niño brutalmente asesinado en una bañera. Y vaya que es relajante saber que había una razón para su muerte, alguien quería hacerse rico, vil y ruinmente, pero al menos había un motivo. En esa razón, dentro de la ficción, uno encuentra un consuelo. Un alma vengada no es horrible. Lo espantoso son las fotos en las calles, el transporte, en las noticias. Los rostros en blanco y negro de niños que no están en sus casas.

            Entre tortillas hechas a manos; el rumor suave del mazahua y el español; perros olisqueando debajo de las mesas; niños corriendo de la cocina al patio; la familia celebrando el triunfo de la vida a lo largo de ochenta rounds; la carne siendo masticada: mi voz de privilegiado le hizo una petición al mariachi: “¡El niño perdido!”. Qué bueno que no me hicieron caso.

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Sin terror

Tres breves pecados

La abandonada máquina del (Puerto) Progreso.

El afán humano para consumirse en sus pasiones es inaudito. Pero nada mejor que justificar los hechos que la magia y las habladurías. Pese a que uno de los temas principales de Un embrujo (1998) es el sexenio de Lázaro Cárdenas y la influencia, bastante parca, que tuvo en la vida cotidiana de las personas; creo que el tema principal del filme es el modo en que explicamos por qué nos pasan las cosas. Finalmente, no podemos cerrar los ojos frente a lo poco que parecemos influir en la vida histórica de un país. A veces lo único que queremos es comer un mango que creció en el patio del vecino. O tal vez una extraña comezón en el pecho y haríamos lo que fuera por que se nos alivie. Pensamos en la inmediatez de nuestros anhelos y dejamos fuera todo lo otro. En el recuento terminamos echándole la culpa de todos los males a una mujer.

            La mala del cuento no era Felipa. Ni el funcionario hijueputa que jineteaba todos los apoyos que se suponía eran para el campo. Ni el cirquero que violó a una niña, ni el niño rabioso que mordió a una puta. En una historia tan polifónica como la que se desarrolla en el Puerto Progreso de la tercera década del siglo XX, el malo es el que decide lo que sea y se justifica mal.

Esa complejidad que narrativamente se siente tan natural, es muy difícil de explicar en un texto histórico. Por más que se trate de ser justo, la creencia obliga al autor a plasmar su punto de vista. Y aunque en la película pase lo mismo de cierta manera, el modo en que se justifica la vuelve humana. Aterriza un proceso complejo del país y lo pone de fondo en la historia de una necedad que al final permea en toda la película. No hay imagen más elocuente que la máquina abandonada, para concluir. No sólo habla de cómo quedó la revolución y el país, sino de cómo sigue quedando.

Los edificios abandonados

Quizá nunca había sentido tanto miedo y excitación con una película. Cuenta mi papá de un supuesto encuentro entre Ismael Rodríguez y Luis Buñuel en el que éste le reclama a aquél su facilidad para hacer cine comercial. Mi papá desconoce el tono con el que se hizo el comentario, pero dejó en la mesa el importante factor del mismo. La principal diferencia entre ambos creadores es el tono que les imprimieron a sus obras.

            Las imágenes oníricas de Buñuel hablan de personas que sueñan con cambiar algo que sólo la noche puede cambiar. Los sueños de los personajes se ven abolidos por la realidad que no es más que un sinfín de desgracias y pasiones que se suceden. EL Jaibo puede ser el personaje más odiado de todo el cine mexicano sobre todo porque nunca entendemos sus arranques. Siempre aparece en el momento más relevante destruyendo o truncando los pasos de los demás. Más allá de un truco discursivo para hacer avanzar la narración y el rencor del espectador, lo que Buñuel personifica en el personaje es la violencia que existe en las ciudades. La violencia que vive donde sea, incluso en los edificios aún no terminados. Edificios donde se estaba construyendo un hogar para el rencor.

            Los olvidados (1950) no es sólo una magnífica película sobre la pobreza y la vida en la Ciudad de México. Es también un recordatorio social que nos hace girar la cabeza; es una película que, quizá sin saberlo, les habla a todos los habitantes de la ciudad. A partir de esa época se empezó a centralizar más la vida política del país a la ciudad. Los cambios que eran anunciados por los esqueletos solitarios del porvenir nacieron de un solo partido en el corazón podrido de una ciudad.

¡Cierra esos ojos, cierra esos ojos!

Más allá de las tres veces que lloré mientras estaba viendo la película, lo que me gustaría contar no es un sentimiento sino una comezón. La comezón nace de la certeza de que lo que acabo de ver —por primera vez de manera completa— es un alegato de la pobreza. Quizá el antecedente directo de lo que ahora son Mujer: casos de la vida real y La rosa de Guadalupe. No me detendré en comentar las frases de dominio nacional que nos ha dejado, como innegable legado, el largometraje: Nosotros los pobres (1948).

            La comezón es causada por la sensación innegable de querer ser más pobre y estar rodeado de toda esa gente que canta en medio de las situaciones más impensadas, soltando chistes y retruécanos verbales a la menor provocación. Yo también quiero a una “Chorreada” y a una “Chachita”. Todos quisiéramos ser Pepe “El Toro”. Eso quiero y me da una comezón terrible. Esa manera en que Ismael Rodríguez creó —espero que sin querer— una de las mejores herramientas de “hacer-cabezas” de la historia de nuestro país. Esa manera en que celebrar la pobreza fue volverla digerible, de poner en blanco y negro —no hablo de la cámara— las situaciones tan bien musicalizadas y con temas que rompen a más de uno. Caray. ¿Quién no se trataría de romper la mano después de haberle partido la boca a su hija? En ese momento nació la tragicomedia, como si un extraño enemigo (llamado Bertolt Brecht) hubiera llegado a dar una cátedra sobre el rompimiento de la cuarta pared y el efecto de extrañamiento, y los alumnos —Ismaelito, entre ellos— hubieran pensado que el mejor modo de hacer a la gente consciente de que lo que se cuenta en pantalla, trata de ellos, es poner chistes y situaciones horribles, intercaladas unas con otras, para provocar lágrimas y risas al por mayor. Luego el único canal del país se dedicó a recetar la dosis de emociones cada semana y lo demás es historia; ¿conductismo institucional o cultura popular?

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Las tramas recientes

¿Qué será?

ALERTA DE DESTRIPE

Probablemente la prueba final de que somos muy narcisistas reside en la idea de que si los fantasmas existiesen nos querrían atormentar, de menos, jalándonos las patas. El miedo a eso es una cara del poliedro que encierra lo peor de nuestras creencias y valores como especie: la cara de la falta de empatía. Si hay todo un debate, aconteciendo justo ahora, para dejar que las personas mayores de sesenta y cinco años decidan dar por concluida su estancia en este mundo, es porque sabemos que la vida no es puramente placentera.

Yendo más allá: supe —no la he visto aún— que la película Jojo Rabbit (2019) reivindica un texto muy poético de Rainer Maria Rilke: “deja que todo te suceda / belleza y terror / sólo sigue adelante / ningún sentimiento es definitivo”. Y por muy linda que sea la cita lo cierto es que a muy pocas personas les haría gracia seguir dejando que lo bello y lo horrible les sucedan después de la muerte. El único poder real que tenemos sobre nosotros mismos es la muerte. A veces lo sujetamos con responsabilidad y, otras más, lo tiramos por la borda. Eso pensando que el valor más caro a la realidad es la existencia.

¿O será acaso lo que acontece durante la misma? ¿Preservamos la vida para embellecerla o para no perderla? ¿Qué harías tú si después de morir tuvieras la oportunidad de regresar al pasado para ver a los que amaste? ¿Tratarías de impedir tu muerte pese al terror que le ocasionarías a cualquier persona apareciéndotele? Recuerda, los humanos podrán intentar la empatía entre ellos, pero con los fantasmas, ni hablarlo. Quizás les ofrenden bebida y comida a sus muertos durante un par de noches, pero no más allá; unas flores en alguna fecha especial que el calendario devora junto a otras tantas que, más que relleno, son la maciza de sus vidas. Si apenas sabemos lidiar con nuestros problemas actuales, cómo imaginar siquiera los del futuro. Imagina a tu tú misma de hace diez años; ¿crees que podrías decirle los problemas que estás teniendo ahora, las dolencias, las ausencias, las heridas?

Sin embargo, los fantasmas son un tema que nos fascina. Y al que queremos acceder con urgencia —lo anterior depende del grado de ingenuidad que uno sustente. Por ejemplo. Cuando tenía once años había dos cosas que me daban miedo, aparte de la oscuridad: Cañitas y la versión que Willie Colón había hecho de una canción de Chico Buarque, “Oh, ¿qué será?” Lo sé, ninguna cosa tenía que ver con la otra, pero en mi cabeza la anáfora del salsero me perturbaba. Y más porque en esa parte tan deliciosa de las salsas en la que el coro repite un estribillo y el vocalista suelta frases con tamaño sabor, Colón dice: “son fantasmas, somos fantasmas / siento la puerta tocar tres veces o ¿quién será?

Mis dos refugios de la infancia estaban siendo profanados con visiones horribles y ruidos indescriptibles. Por un lado, la historia horrible de Carlos Trejo —y lo digo en todos los sentidos de la palabra (para muestra un botón: https://www.youtube.com/watch?v=8sGPpkji3PQ)—, por el otro, los ominosos violines y trompetas de la canción que mi mamá escuchaba por lo menos una vez al día. Después, o antes, —mi memoria está desapareciendo como fantasma de película animada— me pasó algo muy parecido con la canción “Al alba” de Luis Eduardo Auté y el videojuego Resident Evil.

Regresando a Colón y a “Cañitas”. La atmósfera de terror que la canción generaba con su inicio recitado, era la misma atmósfera que rodeaba el pésimo libro de Trejo y todo porque supuestamente estaba basado en “hechos reales”. Sin saberlo, estaba justo en el centro de la telaraña que toda manifestación artística de terror, según yo, debe de tener: el ambiente, el tono. Y aunque el director Joel Anderson diga que su ópera prima no es una película de terror, lo cierto es que me espantó tanto que todos mis miedos pasados se hincaron y alabaron la atmósfera tan bien construida por el cineasta australiano.  Me sorprendí girando la cabeza varias veces para asegurarme de que estaba solo. La parte anterior de mi cuello se había convertido en la caída de un río, que acontecía murmurante en medio de un bosque frío. Los ruidos de unos gatos callejeros correteando por el techo de mi casa, se habían vueltos pruebas reales de que algo estaba conmigo.

Y es cierto, la película no habla de fantasmas violentos como El conjuro (2013) o Trece fantasmas (2001). Con todo y los guiños, referencias al género, lo que Anderson nos muestra es lo poco que conocemos a los miembros de nuestra familia y lo horrible y paradójico que sería perder a alguno de ellos. Paradójico porque ¿qué es en realidad lo que extrañamos? ¿La totalidad de una persona o esas fotografías de la memoria que nos llevan a los momentos cálidos?

Yo creo en muchas cosas que no he visto y ustedes también, lo sé. No se puede negar la existencia de algo palpado, por más etéreo que sea. No hace falta exhibir una prueba de decencia de aquello que es tan verdadero. El único gesto es creer, o no. Algunas veces, hasta creer llorando. Se trata de un tema incompleto porque le falta respuesta. Respuesta que alguno de ustedes quizás le pueda dar”. Y luego el sol muriendo al ritmo del bajo, los coros despidiendo al gran disco amarillo y saludando, todo al mismo tiempo, la oscuridad plateada. Afuera las bestias que habitaban en la laguna seca se ponían a disposición de la noche y correteaban en direcciones incomprensibles, intrascendentes.

La idea de que el fantasma de alguien puede regresar en el tiempo a atormentar, o a tratar de ayudar, a un yo del presente es repetida por la película Historia de fantasmas (2017), en donde un muerto puede habitar todo el tiempo. En esta ficción reciente veremos/vemos/vimos como el fantasma viaja en el tiempo, observando repetidamente su vida y la de los otros, mientras todo se desmorona y se levanta a su alrededor. El mito del eterno retorno, pero llevado a otro plano. La existencia puede ser un momento en el que los fragmentos que la componen se dejan ver, para luego seguir esparcida en giros y rectas que no se vuelven a encontrar.

Ojalá tú puedas decirles a tus padres todas las cosas que les desagradaría saber de ti. Me gustaría mucho saber que están dispuestos a vivir ese tormento contigo, mientras vives. Porque si muriese antes que ellos, si supieras que vas a morir antes que ellos, ¿serías capaz de dejarlos vivir con esa información cuando tú ya no estés? Los fantasmas que acechan la cotidianeidad pueden llegar a ser más espantosos e incomprensibles que esos que aparecen en las pantallas de un cine o aquellos que habitan en las páginas amarillas de un libro. Son las culpas y los errores y ya sea que estén en el futuro o en el pasado, su presencia nos acechará durante nuestra estancia en esta tierra.

“Es un tema en Tecnicolor para hacer algo útil del amor”. La película es Lake Mungo (2008) y a mis fantasmas les gustó.

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Un mundo de insectos

La primera vez que vi un Cara de Niño, iba en tercer grado de primaria. Los uniformes que usábamos consistían, para los niños: camisa polo blanca, pantalón gris claro y un saquito cruzado de color azul medio; para las niñas: camisa polo blanca, falda plisada de cuadritos grises con líneas horizontales amarillas y rojas y el mismo saquito azul medio. Un corro de niños se había formado para apreciar mejor al insecto. Nadie se atrevía a tocarlo. Como yo era el gordito del salón, pude acercarme sin problema a base de panzazos y vaivenes. Mientras caminaba entre los aromáticos perfumes del grupito, iba intrigado hasta las suelas. ¿Qué sería un Cara de Niño? ¿por qué están diciendo que es venenoso? ¿por qué esas caras de asco, compañeras? ¿por qué esas sonrisas nerviosas, compañeros? En la niñez hay palabras que, previo a conocer su significante, encarnan a la perfección el significado de Quimera.

            En el dos mil diecisiete, el apartheid cientificista heteronormado nos deleitó con un nuevo “Efecto”. En esa ocasión el apellido que acompañaría la supuesta ola de situaciones generada desde las redes sociales sería el de un productor de cine que fundó, con su hermano, Miramax. La casa productora que sacó a la luz, en los ochentas, películas independientes que en su mayoría eran adaptaciones de películas y documentales europeos, pero a la gringa. La productora que en los noventa distribuyó películas como Cinema Paradiso (1990), The cook, the thief, his wife & her lover (1990), La double vie de Véronique (1991) para toda América; logró que Tarantino y Disney pusieran sus ojos en ella; y que creó una productora pequeña llamada Dimension Films, a la que iban destinadas las películas de terror, o géneros raros, que Miramax no quería asociar plenamente a su nombre. Sí, el apellido es Weinstein y el nombre, Harvey.

            Dimension Films produjo El cuervo (1994), Del crepúsculo al amanecer (1996) Scream (1997) y, aceptando una coproducción con Miramax, Mimic (1997). Guillermo del Toro lo ha dicho: la presión que Bob Weinstein, hermano de Harvey, ejerció sobre él, mató a la película antes de que naciera. Es curioso porque a Guillermo le gustan mucho las cosas no-nacidas. Bob intentó correr al director mexicano, pero se topó con que la recién galardonada Mira Sorvino exigía que se respetara la visión del director. Lo anterior aconteció porque, según el tiránico productor, la película no era lo suficientemente aterradora.

            Sabiendo lo anterior y revisitando el filme podríamos decir que Mimic no da miedo. Es notorio que el ambiente y los ritmos de Del Toro no fueron respetados y el resultado final parece un collage entre una fotografía oscura y desoladora y unas luminosas escenas que causan risa involuntaria y que no tenían nada que ver con el tono que el director quería construir. Quizá se deba a que la idea original del jalisciense era la de unos insectos a los que Dios ayudaba a llegar a la cima de la Evolución (¿será válido escribir una oración en la que las palabras Dios y Evolución lleven mayúsculas?); hubieran sido, pues, iguales a los seres humanos, pero amorales; listos para ocupar su nuevo lugar en la cadena alimenticia. Pero algo no le gustó a los Weinstein, quizá se estaban sintiendo desenmascarados.

            El “Efecto Weinstein” es como se bautizó al enorme flujo de denuncias hacia “hombres poderosos” que muchas mujeres, en el mundo y en todas las industrias y ámbitos, hicieron en el dos mil diecisiete y en fechas posteriores. Es curioso cómo no lleva el nombre de Gretchen Carlson, quien había demandado, un año antes, a un pez gordo de la televisión norteamericana por sus abusos y perversiones. O bueno, no es tan curioso. El patriarcado sabe hacer indeseables las conductas que corren en su contra; como el Sin Cara del Viaje de Shihiro (2001), absorbe lo que le rodea para volverlo parte de él, comercializarlo, venderlo y, después, desecharlo.

            La primera vez que me sentí desesperado por las cucarachas, que poco a poco invadían las cosas de mi casa, estaba en primer grado de secundaria. Los uniformes que usábamos consistían, para los caballeros: en camisa polo de color blanco, pantalón beige con líneas horizontales negras, rojas y amarillas, y un saco cruzado de color crudo; para las señoritas: camisa polo de color blanco, falda plisada o lisa color beige con líneas horizontales negras, rojas y amarillas, calcetas blancas debajo de la rodilla, y un saco cruzado de color crudo. Había abierto un pupitre de madera que mi papá me había comprado para hacer mis tareas, y debajo de su lacrada superficie que mostraba a un pinocho alegre por la llegada de un hada mágica, encontré un nido de cucarachas medianas que salió corriendo en diferentes direcciones. La entropía de los planetas resumida en tres segundos. Conforme limpiaba el excremento diminuto y persistente de los artrópodos señeros de las ciudades, la angustia se apoderó de mí: si así estaba mi pupitre, ¿cómo estarían mi ropero, la parte posterior de los sillones de la sala, la estufa, el …? Salí de mi cuarto para ver como una lluvia de cucarachas se desplomaba del microondas, en las manos de mi mamá, al piso.      

            Rompiendo los paradigmas del juego: Del Toro mata a dos niños en escena, pero de una manera creativa que es más aterradora por sugerente; desarrolla dos personajes latinos que no son objeto de burla en el filme y, sin abusar de los sustos repentinos, construye tensión y alarma en el espectador. Es difícil creer que fue filmada después de Alien (1979), pero tampoco tiene nada que ver con las interminables y fastidiosas secuelas de los slashers ochenteros. Con la primera oportunidad que tuvo como director en la meca del cine comercial, Del Toro manufacturó un híbrido interesante que como aborto es más que satisfactorio. El mundo creativo no puede estar lleno de aciertos. Aquello del cocinero y los huevos rotos es más que un refrán dominguero. En la atmósfera y la suciedad yacen los indicios de lo que vendría: las referencias bíblicas (Judas, Jesus S ves, la escena de los niños moribundos —que no fue filmada por Del Toro, sino por Ole Bordenal), los dilemas morales y los niños que son capaces de entender lo que los adultos no, son obsesiones y motivos que el director mexicano revisaría y mejoraría.

            Hace tres días Jessica Mann relató entre lágrimas cómo Harvey Weinstein la violó. Atormentada por los abusos sexuales y psicológicos que sufrió de manos del exproductor, sufría de algo más: al parecer ella aceptó las conductas de su abusador porque… porque no tenía de otra. En la escala de valores de Hollywood, no suele cuestionarse el poder del dinero. Si sufres y eres rico, en realidad sólo eres rico. La fragilidad masculina es romantizada en las sociedades patriarcales: un hombre que llora podrá ser motivo de burla entre otros hombres, pero entre mujeres, debe ser curado y admirado. Mann declaró que hacía muchas cosas que no quería por lo susceptible que Weinstein era. Ella toleraba las ofensas y le escribía mensajes amables para hacerlo sentir bien porque le tenía miedo: eso es no tener de otra, cuando sabes que no tienes a nadie contigo porque lo(s) demá(s) está(n) del otro lado.

La primera vez que me enfrenté a las chinches, estaba por terminar la universidad. En donde trabajaba no era necesario llevar uniforme. Pantalones de mezclilla, blusas de colores, faldas lisas o inmensas, chaquetas, chamarras, gabardinas, rompe vientos, gorras, sombreros, medias, pants, todo usado indistintamente por mujeres y hombres, porque la lección ya estaba aprendida. Ya sabíamos quién era el eslabón más fuerte en la cadena alimenticia y quien el más débil. Ya sabíamos que los Cara de Niño son venenosos, ya sabíamos que a las cucarachas les gustan los lugares calientes y yo estaba descubriendo que las chinches son hiperreproductivas y, aparentemente, indestructibles. No nos queden dudas, esos bichos no serán jamás como nosotros, no pueden. Sus conductas viles y rastreras, oportunistas y depravadas no serán admitidas. Tarde o temprano saldrán de sus escondites y podremos aplastarlos.

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Lo indescifrable

Hay un misterio en las emociones que ningún lenguaje puede exponer. O quizá hay emociones en el lenguaje que ningún misterio puede mostrar. Porque el misterio tiene capacidad de vislumbre, de un acercamiento con el que debemos conformarnos. Dicen que la música es la gran esclarecedora de lo que sentimos. Pero no podemos explicar la música, ni lo que nos hace experimentar, con palabras. Nos dice lo mismo sinfonía que symphony o symphonie o Kōkyōkyoku; nos dice nada. Podemos ilustrar este punto con una imagen: la lluvia sobre un desierto.

            El “lenguaje”, como construcción humana, tiene límites. Efraín Huerta lo intuía cuando escribía sobre unos seres limítrofes que inventó: “Son los que tienen en vez de corazón / un perro enloquecido”. El lenguaje ladra “al fin la noche es una misma / siempre, y siempre fugitiva: / es un dulce tormento, un consuelo sencillo, / una negra sonrisa de alegría, / un modo diferente de conspirar, / una corriente tibia temerosa / de conocer la vida un poco envenenada.” Estos seres hablan del día en secreto, porque intuyen que los iluminará y los hará ser completamente. Más viven encerrados en esa frontera y nunca sabrán su sino. Condenados a ser instrumentos de una emoción.

            Los primeros diálogos de Possesion (1981) son incómodos y, a primera vista, sobreactuados. Tienen la virtud de no prepararnos para el resto de la película. Destantean el universo que conocemos, del que acabamos de robar unos minutos para comenzar a ver un filme que, en el mejor de los casos, sabemos que es de terror. Pero cuesta ser ingenuo en estos días. Si se llega a una película del ochenta y uno, generalmente, no es por casualidad. Habrá una recomendación detrás, alguna reseña previa, algún comentario escuchado al aire, o una pasión extraña que conduce el apetito del observador. Yo, al menos, no esperaba encontrarme con una película tan vacía.

            Vivir en la Ciudad de México es vivir en un lugar común. Lleno de comida, tránsito y esmog. Lleno de robos, excesos y dichas breves. Un lugar lleno, tan lleno, que se agradece que a determinadas horas se desocupe. Caminé, con el alba de un sábado, desde la colonia Sideral hasta el Zócalo. Iba con dos grandes amigos. Recién bajados de una patrulla que nos quitó un celular y un reproductor de música. Habíamos intentado hacer un grafiti sobre una pared que estaba enfrente de la casa de la novia de uno de ellos. Habíamos estado tomando y dando vueltas por la ciudad hasta que se nos ocurrió lo de la artisteada urbana. Antes de que todo iniciara, con las bebidas aún cerradas y los ánimos no tan caldeados, les pedí que me cuidaran porque iba a beber hasta el desconocimiento.

            La ciudad vacía es un terreno de placeres. No hablo de las sexoservidoras que trabajan en las madrugadas. No hablo de los manjares que los perros, temblando aún por la heladez del concreto, degustan sobre algunas esquinas. No hablo de las canciones que tres borrachos barruntan después de haber sido despojados de sus pertenencias. No. Los placeres que moran en las calles que amanecen son de otra índole. Es la oportunidad la que reina en esa hora. Una infinita conjetura que espera que alguien la suceda.

            La actuación de Sam Neill le da una carga anglosajona a la película, justo la estupidez e irracionalidad rubia que toda contemporaneidad merece. No digo que el actor sea eso. Realmente creo que es todo un mérito encarnar un concepto. La entrega en la interpretación es conmovedora e inquietante. Sin embargo, queda completamente eclipsado por el control en el trabajo visceral que Isabelle Adjani detenta. Me hace falta ver más cine, eso lo sé, pero hasta ahora no había sentido tanto con una interpretación. La actriz francesa es la encarnación del desgarro. De la mitad de la película al final de la misma tuve un nudo en el estómago que no se rompió en la escena última, sino que se volvió horizonte en sí mismo.

            Me pregunto cómo será mi vida con ese amasijo en el vientre. ¿Me cederán el asiento en el metro? ¿Existirán pantalones de mezclilla con ese resorte negro tan práctico para hombres? ¿Tendré derecho a abortar? ¿Mi maternidad será privilegiada porque soy blanco y hombre? ¿Podré amamantar a mi nudo en las calles? ¿O tendré un dislocamiento en el Túnel de la Ciencia, en medio de galaxias y abismos, y terminaré expulsando a mi vástago por los oídos? (Para mayores dudas favor de leer http://sinaloalee.blogspot.com/2013/01/el-mico-cuento-de-francisco-tario.html —no me gusta la ilustración de la entrada que aquí pongo, pero no encontré otro sitio con el cuento completo; si prefieren pueden buscar Una violeta de más, en su librería de confianza,recién reeditado por Lectorum.)

            Mentiría si les dijera que lo intenté. No pude pensar nada. Mi cabeza no lograba encajar las piezas. Me sentía muy tentado a pensar que todo era una metonimia entre las relaciones de pareja y la guerra fría. Pero también estaba el arquetipo del doble: lo siniestro de su aparición ante con los personajes y su concepción a partir del monstruo. Y también estaban el existencialismo y el pesimismo; la cámara salvaje y las actuaciones explosivas. Las calles de Berlín vacías y acordonadas. La muerte como una posibilidad secreta y, al mismo tiempo, exagerada. La metagrabación que contiene y expone el centro del largometraje: “el bien es sólo una reflexión acerca del mal”. Zulawski creó un espectro del alba. Creó una ciudad y unos personajes vacíos, para que los llenemos con nuestro misterio, con el idioma de nuestras emociones. Sus entes e ideas son espacios que podemos recorrer en la muerte de la madrugada y que

“… se repiten

En forma clamorosa,

Y ríen y mueren como guitarras pisoteadas,

con la cabeza limpia

y el corazón blindado.”

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El temible trabajo

Creo que la locura, ahora, es una elección, un modo de vivir la vida. Desde que la subjetividad se convirtió en cinismo, podemos reírnos de la demencia y ondearla al grito del desencanto. Pero hubo un tiempo en que la locura no era escogida; en que la locura era el par de ojos con el que algunos se agazapaban a observar la vida. Y, a veces, se animaban a vivirla.

La primera vez que intenté ver The Witch (2015), la primera película de Robert Eggers, me quedé dormido a los veinte minutos. Fue a finales del 2018. Ya había visto Hereditary (2018) y The killing of a sacred deer (2017). La cresta de la ola del Terror Nuevo no sólo me había educado para comprender y disfrutar el ritmo lento del debut de Eggers, sino, para procurarlo. Sin embargo, tuve que verla fragmentada. El cansancio que cargaba por aquel entonces, así me lo impuso. Hacía poco me había separado de Educal, pero la danza laboral de la ciudad me tenía atrapado en sus movimientos y me deparaba, aún, nuevas formas de desgaste. No las entendí —ni las anteriores al 2018, ni las de ese año— sino hasta la semana antepasada, cuando vi The Lighthouse (2019).

            Tenía un compañero de trabajo que se llamaba Ricardo. Tenía alopecia androgénica y la cara llena de cicatrices de viruela. No era alto, tampoco, y los cuatro años que lo soporté no subió ni bajó de peso. Sus ojos eran negros y pequeños, sin brillo, como los de un tiburón. Era paranoico. Si escuchaba risas, pensaba que se burlaban de él. Si alguien decía las palabras: “cuernos”, “cobarde” o “puta”, él creía que eran fragmentos de una conversación que relataba su historia amorosa con una mujer que trabajaba en otra librería. Su edad, cuarenta y tantos. Cuando entré a trabajar en la librería del Templo Mayor, yo era el más joven. El resto del personal, incluido Ricardo, estaba compuesto por personas mayores de treinta años. Por ser el más imberbe, era el más cabuleado. Cuando Ricardo se percató de eso, y de mi pasividad, encontró una mina para descargar sus frustraciones. Pasaba y hacía comentarios sobre mí y mis hábitos de higiene —que, debo reconocer, no eran los mejores. Se tomaba las cosas que yo decía como ofensas y se enojaba. Muchas veces nos hicimos de palabras y, en todas ellas, el coraje se me fue quedando detrás de las lágrimas que me esforzaba por hacer retroceder.

            Muy pronto en la vida los hombres entienden que van a depender de un hombre mayor. Y el aprendizaje del patriarcado inicia con la competencia, con la crítica y el anhelo de complacer al otro, por un lado. Por el otro, la intriga, los celos, la culpa. Sentimientos todos que construyen una cadena de heridas. Las densidades de mi papá no eran las regulares: mi mamá no me delataría con él por mi mal comportamiento; no era de los que daba cintarazos o gritaba por que la comida sabía fea o porque estaba fría; hasta la fecha es abstemio. No. Su densidad estaba en el cariño que me tenía y en lo brutal que podía ser ese cariño, espoleado por su inseguridad. Cuando alguien te quiere tanto y hace las cosas por tu bien, es muy difícil decirle que se equivoca cuando apunta que tienes manos de estómago; si esa persona quiere que te superes y que seas la mejor versión de ti, no hay nada de malo en que juzgue tu comportamiento y tus palabras con precisión quirúrgica; si alguien te apoya tanto, debes valorar que te señale las cosas que haces mal. Y todo era más denso porque yo nunca estaba a la altura, o así lo sentía. Entonces me culpaba por sus reacciones.

Dejando de lado el lloriqueo autocompasivo y, regresando al tópico central, creo que todos tenemos sentimientos encontrados con el trabajo. Las personas del primer mundo se enteran apenas de que conviven cada vez menos debido a sus turnos de trabajo. (https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2019/11/why-dont-i-see-you-anymore/598336). Latinoamérica, ya sabía eso. Lo que sorprende es que en el tercer mundo surjan personas que alaben el trabajo al american way.  

La comunión de la sociedad repite la fórmula de las relaciones entre padre e hijo. Existe un mentor, ese alguien que te enseña y convive contigo. Ese alguien que sabe más que tú y que, a veces, te teme tanto como tú a él. El acierto de la nueva película de Eggers es poner ese mecanismo de relaciones, partiendo de la laboral, en el medio. Y lo sublime está en que lo cuenta como una película de terror. Dos alegorías acertadas. Porque más allá de las sirenas y los monstruos marinos, las supersticiones y los planos expresionistas que hablan de una tradición en retratar emociones atormentadas y obscenas por medio de paisajes e iluminaciones escabrosas (bendito Jarin Blaschke), Eggers demuestra entender que el infierno habita en la dinámica humana. Seguimos a Pattinson a través de escenas que más que denigrarlo o cansarlo, son el recordatorio constante de que lo más importante es el trabajo. También lo vemos esforzarse por seguir un código —un manual para vigía de faros— y luchar contra su orgullo para mantener un trabajo que le permita ahorrar para poder comprar un terreno y construir una casa. El hombre mayor se burla, le dice que su historia es aburrida como la de cualquier otro, le dice que el único libro que importa es la bitácora que él mismo escribe y le deja en claro que las órdenes, por más absurdas e inútiles que sean, deben seguirse. Willem Dafoe, su única compañía, no es sólo su jefe, es también su exjefe y, quizá, su padre. Es todos los hombres que guardan el conocimiento como una luz intocable. Una luz que no todos pueden soportar. El final de la película cuestiona uno de nuestros mitos más preciados. Y lo cuestiona con una imagen que parodia el estilo pintoresco y lumínico del renacimiento y, con ello, al progreso que la modernidad enarboló.

Ricardo tenía una contraparte: Alondra. Ella era una compañera que a simple vista podía pasar desapercibida. Ella llegaba a hablar en voz baja mientras miraba con ojos breves hacia donde Ricardo estuviese. Ella relataba, a quien estuviera interesado, la historia tormentosa de la relación de Ricardo. Ella se llevaba bien con Ricardo, a veces hasta bromeaban juntos. Alondra también tenía su contraparte: Ramsés. Él enamoró a Alondra cuando recién acababa de entrar a trabajar. Pese a estar casado y tener dos hijos, la convenció de que tuvieran relaciones sexuales. Ambos tuvieron una hija que pasó a ser un pecado perdonado cuando el redimido Ramsés se bautizó en una iglesia nueva. Ramsés tenía su contraparte… Y así se puede contar la historia de la humanidad.

Yo también abusé del poder cuando fui jefe de librería. Irresponsable y violento, atormenté a algunas personas que no me habían hecho nada. En vez de asir la responsabilidad y el conocimiento para generar algo distinto y más justo, destruí a hachazos la balsa de la esperanza. ¡Que caiga sobre mí, la furia de Poseidón, y que la brisa salina, orquestada con las almas de los marineros muertos, se lleve el nombre que escribí sobre las aguas!

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Kubrick revisitado, King reconciliado

Aleatoriamente y sin previo anuncio, mi mamá habla frases muy agudas y hace cosas muy significativas. Recuerdo dos, un ejemplo para cada cosa: una vez quería ir a una ceremonia religiosa de una compañera de la secundaria que me gustaba mucho. Mi mamá, que sabía que Jesús no estaba en mi corazón, trató de disuadirme. Primero por la vía regular: no darme permiso; pero vio que me había esforzado lavando el carro y el baño de la casa así que recurrió a una frase aguda: “Más mueven dos tetas que dos carretas”. Recuerdo sus palabras atravesando la gelatina de mi orgullo.

            Su acción significativa fue rentar 2001: A space odyssey (1968). Sólo me explicó que era una película que había visto hacía treinta años; cuando el dos mil uno estaba en el futuro, en vez de ser el año en el que vivíamos. Ella se fue al gimnasio y yo encendí el devedé para ver una película tan alucinante y emotiva que habitó mis sueños por varias semanas. Kubrick es un genio, sólo Shelley Duvall y el amigo que siempre le encuentra un “pero” a todo, lo negarían.

            Stephen King, en cambio, es considerado un empresario del terror. Se dice que tiene muchos escritores fantasma (sé que el término en español es otro, pero me parece algo racista) escribiendo sus novelas, se dice que él mató a John Lennon (http://lennonmurdertruth.com) y que es incapaz de hacer buenos finales porque le vendió el alma al diablo para ser famoso.

            Yo tuve un romance con él.

            Fue en el invierno del ’12; un amigo me lo presentó. Me había estado hablando maravillas de él, así que ya estaba predispuesto. Cuando lo tuve entre mis manos olvidé todos los prejuicios que un librero que se siente intelectual alberga cuando ve el sello “best seller” en la portada. Me atrapó con sus historias de Derry y sus alegorías sobre lo poco que importaban los niños en los ochentas. Me volví tan adicto a él, como él era adicto a las drogas —y ese no es un rumor. Así que continué el romance, leyendo El resplandor.

            Sabía que había una película (1980) y que era de Kubrick, pero nunca había hecho el esfuerzo de verla. La oportunidad se me había presentado en un viaje escolar; desgraciadamente, ese mismo día se me presentó la oportunidad de probar una pastilla para dormir. Sin embargo, también sabía que Stephen la detestaba. Influenciado por el amor, decidí terminar primero la novela.

            Amé la novela. La construcción de la atmósfera era muy acertada, los indicios de maldad que iban creciendo mientras la novela llegaba a su fin, la empatía que me provocó el personaje de Jack Torrance. Me asusté mucho un par de veces, fueron de esos sustos que te obligan a voltear la vista alrededor para cerciorarte de que lo que está en las páginas no irrumpió en la realidad.

            Mi relación con King duró una docena de novelas más y finalmente vi la película de Kubrick. Entendí un poco a King. Si eres un escritor y echan a la basura tu trabajo construyendo personajes, es normal que te molestes. Imagínate que adaptan ese cuento tuyo en el que el protagonista lidió con el problema con el que tú no pudiste lidiar, sólo que en vez de darle al protagonista esa profundidad que requería, lo ponen como un demente. Por supuesto que el demente es increíble y tiene frases y escenas que estarán por siempre en la historia de la humanidad, pero no es tu esfuerzo, no es tu historia. Te tomaron de pretexto para contar otra cosa, igual de genial que la tuya, pero no es la tuya. Cosa de egos. Yo estaba fascinado con la película.

Leí Doctor Sueño un año después de haber descubierto a King y me decepcioné un poco, quizá porque esperaba El resplandor 2. No sé, algo no me terminaba de enganchar. Quizá los primeros escritores fantasmas ya eran fantasmas de verdad y los nuevos no eran igual de buenos. Aunque, una escena quedó grabada en mi mente: el momento en que después de una noche de parranda, Dany Torrance, ahora de treinta años, le roba dinero a la mujer con la que pasó la noche y, antes de irse, descubre que hay un bebé en el departamento, éste ve la cocaína que está sobre la mesa de la sala y piensa que es azúcar. El protagonista se va.

Después la culpa lo atormenta a lo largo del libro. En esa paradoja había un residuo del conocimiento de las emociones humanas que King había demostrado en otros trabajos. Pero sólo una pizca. Lo más poderoso estaba en la poderosa imagen de las “personas vacías”, representadas por El Nudo Verdadero, los antagonistas de la historia. Gente que se alimenta de la luz de los inocentes.  Vacían a los demás para alimentarse. La alegoría no es nada sutil en el libro, pero es muy efectiva. Todos conocemos sanguijuelas humanas.

El año pasado vi Doctor sueño (2019) de Mike Flanagan y me dejó un buen sabor de boca. La fotografía, los diálogos, el ritmo. El mensaje de la novela se solidificaba en la frase “El mundo es un lugar hambriento”. La sanguijuela es el capitalismo, camarada. Aunque la efectividad de la película está en el manejo de las fuentes: Kubrick y King. Escenas de la película son homenajeadas y, quizá un poco trivializadas, el final original del libro es utilizado como el final del filme, en un guiño tan emotivo que tengo que contarlo. Pero primero: La Política de los Destripes.

La Política de los Destripes: “El final y los giros de tuerca de una trama no son más importantes que el modo de contarla”. Así que cualquiera es libre de destripar una película por más grosero y mal visto que sea. Apegándome a la política del destripe en este espacio no me tentaré el corazón en contar finales y giros. Así que las personas que tengan un problema con eso, pueden detener su lectura, ver la película y luego continuar. (https://www.lashistorias.com.mx/index.php/archivo/sobre-los-spoilers).

Destripe doble: Al final del libro El resplandor, Jack Torrance, en un último gesto de amor hacia su familia, pelea internamente con los fantasmas del hotel Overlook y logra que las calderas del hotel estallen. Al final de la película Doctor Sueño, Dany Torrance hace lo mismo. Dado que en el filme de Kubrick el Overlook no explota, Flanagan aprovecha la oportunidad no sólo para llevar a los protagonistas de su filme a los pasillos del hotel, sino para reconciliar los cuatro finales: los de los dos libros, el de Kubrick y el de su propio filme. Si adaptar merece su mérito, desarrollar un filme a partir de tres fuentes y reconocerlas, en su justa medida, es más que loable.

Regresando al horror de la premisa: ¿qué puede ser más aterrador que descubrir que el canibalismo que se practica en el siglo XXI, no tiene nada que ver con tripas escurriendo y miembros destazados?

Te invito a repasar tu propia trayectoria con las personas que se han alimentado de ti. Recuerda, también, a aquellos de los que te has alimentado. Espiritualmente hablando, espero. Sólo no olvides que los cubiertos más grandes son las divisas.