Categorías
Sin categoría

De vuelta al templo

Escribo esto desde el pasado, desde el sitio do me recreo. Soy un ser inmutable que no sabe lo que se ha perdido ni ganado con los años. Frente a la pantalla de mi celular, anhelo lo que se desliza debajo de mi índice y los pulgares sólo sostienen el peso de lo que sí tengo. Si comento o escribo algo es sólo desde otro espacio seguro: la nada. O el futuro. Son lo mismo. Ese espacio abierto en medio de un campo hecho de cráneos, prolijo en huesos que el Viejo Nick apila unos tras otros. Enyodado.

            Digamos que he vuelto. Que no hay nada que duela más harto que el silencio. Si, cuando te estás durmiendo, cierras los ojos, no sabes si despertarás en un instante o en dos horas; igual que cuando despiertas no tienes una idea de cuanto más seguirás soñando. El abrir y cerrarlos en una convención, un parpadeo. El vivir con ellos también es un hecho. Una realidad. Pareciera que todo lo que percibimos ahora entra sólo por ellos. Enrojecidos de tanto mirar, saciados de una, de otra y de nuevo. Pero no me dejen seguir digresionando que las lagañas no se estancan en ningún verbo. Déjenme abrir los ojos una vez más, que no sé si los volveré a cerrar pronto.

            Ralph Fiennes mide un metro ochenta. No es tan alto como su carrera. Ni tan extenso en adaptaciones literarias. ¿Será que las adaptaciones de los libros que nos gustan son un criterio de evaluación vital? ¿Podemos medir a nuestros héroes por lo cerca que sus vidas han pasado de las nuestras? ¿Aunque sólo sea por medio de las letras? ¿En medio de ellas? ¿No se han cansado del recurso de las preguntas retóricas?

            La verdad es que no sé qué inventar fresco. El arduo y ventoso camino (venturoso, sinuoso) de las digresiones se parece a todos los otros caminos que llevan a la nada, al templo de huesos. Podrá haber mil soles nuevos, pero nada nuevo debajo de ellos. Pero tampoco es que sea importante. Inventar cosas frescas, digo. No es relevante mientras exista alguien que siga leyendo. Se lee para descubrir la arqueología de lo que llevamos dentro, se ven películas para encontrarlo de nuevo. Recreado.

            Estarán de acuerdo conmigo si digo que el regocijo de la ucronía nunca es lo diverso, lo diametralmente opuesto a lo que existe, sino aquellos puntos de encuentro en los que aún con otro lenguaje, en otro idioma, con cosas ideas y en otros escenarios, son los mismo o podrían serlo. No importa que haya zombis y que no existan los celulares, si la gente sigue temiendo al diablo y creyendo en la ciencia como en la última trinchera en contra.

            Pero hablábamos de Fiennes y su apelativa carrera: de su Onegin, de su Mauricio, de su Blake, de su lector, de su chef, de Voldemort y el doctor Kelson. Hablamos de cómo el recuerdo de un gran (sitio) trasero puede ser el espanto de un colgante e infecto delantero. De como una vida puede colarse en otra. La vida de un libro, de un personaje, de un actor y de alguien que escribe. Creo que Fiennes guarda en mi libro un rostro afable, el rostro de alguien que me recuerda a muchos que no he conocido y me entraña a los que conozco. ¿A quienes dejé de conocer? ¿A dónde vuela un personaje cuando ya no es visto?

            Como siempre, raras veces sé lo que digo. Como nunca, no puedo dejar de escribirlo. Esos adverbios… tramposos, groseros, el modo incierto encerrado de cierto modo. Entonces, en medio del cine, el telón revela que nunca se trató de una frase (en latín) matona, ni de mi boca exaltada llenando tus medias de baba; sino de personificar al mayor enemigo mientras tomo tu mano sudada.

Categorías
Las tramas recientes

Una boda, un mano a mano y un funeral

Mis dos mejores amigos moran en orillas inversas. Al centro un mar violeta, el a-mar. Cada uno con su arena y sus quemadas. Estoicos, redoblan sus posiciones respectivas. Uno está sepultando las olas con sus párpados, ordeñando la sal de sus días en recuerdos ausencias. El otro, gorgotea en la espuma, trenzando sus dedos entre las pinzas de los crustáceos, imperturbable y agónico. En lo alto, la luna (su faz nuca vista) atrae y repele ese océano insondable.

            De la multiadmirada y gratamente recibida filmografía de Mike Flannagan, hay dos o tres cosas que puédensele reprochar y todas están en una misma película: Ouija: El origen del mal (2016). No es coincidencia que sea una precuela, por encargo, ni que una parte de la producción haya corrido a cargo de Michael Bay, quien funge como el Weinstein de este decenio (numismáticamente hablando). No señalo que dicho método, o mejor, que tales componentes, tengan que ver con la calidad de un trabajo, pero quizás influyen para ello. Invoco, entonces, en la otra esquina, a Karem: la posesión (2021).

            ¿Cómo es el a-mar después del amor?

            Sigue siendo el salado y frío infortunio de los malaventurados, el rencoroso asesino de los viajes de Ulises. Pardo y verduzco, Noche perpendicular. Mudanza y escrutinio.

            Un argumento fácil contra el “duelo” que propongo (que —quizás— no obvio) es que falta presupuesto. Honesto, como raras veces, he de reconocer que encuentro recalcitrante ese argumento. Pero… los doctores reviran que: “la mejor cirugía es la que no se hace” y Del Toro, como un coro, (corifeo, coribonito y esponjoso): “el estado natural de la película es que no se haga”. Ante estas dos apabullantes observaciones, uno prefiere operarse donde mejor el doctor sepa lo que hace, ya que, en el terreno de lo indeseable, nada como el profesionalismo. Y si se va a hacer el esfuerzo de sacar del limbo de las películas; qué mejor que llevar a cabo lo imposible, heroicamente. Es muy probable que, en esa lógica, Henry Bedwell, director, guionista y productor, haya decidido que no quería a otro director de fotografía que no fuera el afamado Junichiro Hayashi, famoso por el sublime trabajo de cámara que encumbró a dos clásicos del cine de terror japonés como son Ringu (1998) y Dark water (2002).

            Porque aún teniendo los mismos ingredientes (sol, agua, viento, arena, piel), lo que de ellos resulte puede ser completamente diferente. Todos podríamos equivocarnos, entre muchas opciones, por el dinero, por el sentimiento, por los resultados y aspiraciones, por las enfermedades y las familias, por lo explícito y lo implícito. Y sabemos la fórmula. Los pasos y las expectativas, presentes incluso antes de comenzar el viaje, pero ah, la ejecución, la oportunidad, el marasmo. El sargazo crece y hace que el juicio termine por embotar aquello que en principio pudo nunca requerir explicación.

            Estas dos películas no han competido. Ni competirán. Nacieron en contextos tan desafinados que sería necio (je) intentar compararlas. Pero es que las niñas pequeñas que son poseídas por ese mal que desdenantes habitaba en la casa; que terminan por aceptar el poder ofrecido como un medio de castigo contra aquellos que les fueron crueles en la escuela; que cometen un acto de brutalidad final que hace que todas las personas hasta entonces involucradas —excepto la hermana mayor— terminen mal; que acechan y amenazan con regresar (a unos minutos de los créditos finales y con las hermanas, vestidas de blanco, involucradas de nuevo); no parecerían un tema muy recurrente. Y sin embargo…

            Y al final, mi amigo, el de la orilla más dulce y esperanzada, vence cualquier pronóstico fácil. Siendo quizás el que más ha renunciado a los privilegios que se tienen en el hogar, lejos de este a-mar violáceo. Y el de la orilla aprensiva, el de los nefastos crustáceos y sus juegos en reversa, tiene una segunda oportunidad. De la mano de eso que lo espera cuando vuelva, pero también de la certeza de que la masa de agua que deja, nunca se agota.

Categorías
Las tramas pasadas

Azul (y rojo) perfecto(s)

Esa tarde de sábado, por la emoción, entraron trastabillando a la oficina de Pierre Corbeil:

            —¡Buenas, Pierre! Viene conmigo el proyeccionista, no pude encontrar ni al productor ni al distribuidor. Se llama Jean.

            —Mucho gusto, ¿cómo los puedo ayudar?

            Resultaba que por una costumbre un tanto injustificable, pero en ese momento alentadora, el proyeccionista había hecho una copia (en realidad eran varias y de casi todas las películas que se habían proyectado en el festival) de Perfect Blue (1997) y estaba dispuesto a reproducirla al día siguiente, domingo, en una función matutina y fuera de programa para todos aquellos que no hubiesen podido ver las anteriores dos proyecciones, esperando obtener así el perdón del director del festival Fant.asia a su comportamiento bucanero.

            —Jean tiene un rollo disponible para que proyectemos la película el día de mañana a las 10:00, antes de la primera función programada.

            —Espléndido, ¿dónde firmo?

            Ninguno mencionó siquiera, en su francés despreocupado, la palabra copia.

            El público lo había pedido. Ellos mandaban y los organizadores del festival obedecieron. En la noche apócrifa que se conjuró a las 10:00 de la mañana los espectadores paladearon dos triunfos. La sublime y desesperante cinta de Satoshi Kon y el cumplimiento de la petición que habían hecho para que se organizara una tercera exhibición del filme.

            Cuando terminé de ver la película, estaba muy confundido. No únicamente porque decidí verla con subtítulos en inglés, dificultando mi entendimiento total, sino por la trama repleta de confusiones narrativas y espacios y ámbitos entramados. Además de que el terrorífico tono de la cinta y su sugestiva banda sonora, me habían sumido en un estado de alerta y desasosiego. El terror sostenido que culmina en un saludable e inesperado final feliz fue como un jaque mate a mi cerebro.

            Pero me esperaba lo peor.

            Cuando el sueño comenzaba a vencerme, sonó el timbre de la casa. Eran las 12:30, no esperábamos a nadie. Miré mi teléfono y tenía una llamada perdida de mi hermano. Bajé sin calzado, apenas despierto y perturbado a abrirle la puerta a mi hermano y a un amigo. Yo patidifuso y mi hermano apenado. Nos quedamos viendo una breve eternidad. Él mi ropa, yo sus manos. La traición estaba consumada. Por años pensé que algún día yo sería el protagonista adolorido y desesperado que encuentra a su ser amado en brazos de un desconocido, pero jamás presentí que pasaría después de haber sido aterrado por la audaz película de Kon ni que la estocada viniese de mi hermano.

            La maldita autocomplacencia.

            Y es que habíamos quedado de ver la película del hombre araña, juntos. En un cine que había sido reabierto hacía poco y en el que vimos una película animada (increíblemente animada) del arácnido superhéroe, maso menos tres años atrás. Después sí la vimos. Total, ninguna traición cuesta tanto como las ganas de sobrepasarla (o de repetirla). Y yo sentí que estaba en un sueño. El sueño prolongado en el que me había dejado la ópera prima del nipón onírico.

            Probablemente, porque hacía mucho tiempo que no veía una película con actores doblada. Después porque no imaginaba, menos después de ver un ejemplo de ese mismo poder, pero en un sentido opuesto (negativo, ¿negativo?), que el reino de los admiradores lograría mover al de los billetes a un nivel que volvía casi tangible y genuino el concepto de oferta-demanda. Mis ojos no dejaban de malabarear las siluetas de los hombres araña que unidos vencían las dificultades, mezclando y haciendo suertes con los horrores de la personalidad y los avatares escindidos. Mientras que un drama era representado en hora y media a partir del doble, aquí, se descartaba cualquier conflicto de identidad con un chiste. Y no estoy siendo un amargado. Sólo quería hacerles partícipes de mi confusión.

            Porque mientras en Perfect Blue, el enemigo era el fan enfermizo al que no se le debía mas que la muerte y la piedad (como castigo por su idolatría mortífera), en la mega producción, casi treinta años después, se le recuerda al admirador —enfermizo o no— que los creadores están felices de servirnos, quizás implicando que los verdaderos héroes estamos siempre de este lado de la pantalla. Nosotros que los hacemos existir y ser queridos.

            Mientras, en una dimensión ignota, Ricardo López y Bjork tocan su gran éxito “Lo mejor de mi” en la versión unplugged para su especial de MTV.

Categorías
Las tramas recientes

Eloise & Isabel

En la bruma intermitente del sol desmejorado y anémico que es esta pantalla de cine, las imágenes; la música y de pronto la voz que en vez del lejano pero dignificante inglés, nos interpela en la resabida leche del español. Todos en la sala suspiran tristes y conformes con ese error- El conformismo se asienta como una segunda niebla y todo se inunda como de atole. Ya es noche bastante entrada fuera de estas cuatro insonorizantes paredes y un gemido inconforme, pero inactivo se atraganta en las gargantas de los demás presentes. Pero a mi lado se levanta un bólido, un destello de carne y chinos que sale de la sala y regresa a los pocos minutos con un empleado que ofrece una disculpa y una promesa. La película se detiene y las nieblas sucumben al ingrato resplandor de las luces auxiliares que evaporan sin piedad los vapores en los que estábamos embebidos. La luz de ese sol cuadrado orbita de nuevo y ahora la voz es la que esperábamos. Comienza Baby Driver y no el Aprendiz del crimen. (2017).

            Y sí me gustó. No lo voy a negar. La música me embelesó y me quise identificar con el protagonista. Ya había visto, sin saber de nombres ni de carreras, otra película del director: Scott Pilgrim vs. the world (2010) y en verdad os digo que, si el señor director de estas dos películas hubiese nacido cincuenta años antes, se hubiera entronizado como el maestro de la propaganda. En ese momento no me daba cuenta, pero ahora lo sé. Ahora que dejé reposar en mi mente Last night in Soho (2021), me di cuenta de su barroco y sutil subtexto: el feminismo mata.

            Santa Isabel Tola es un barrio viejo. Originario dirían los entusiastas, piedra de toque, los reservados. Se dice que cuando el pueblo originario de Aztlán buscaba su bestial designio, llegó a las faldas del cerro Tecpayocan y presintiendo su proximidad a la meta realizó una ceremonia del Fuego Nuevo. Ese rito en el que, a noche cerrada, una hoguera se encendía en el punto más alto disponible y todos los que miraban desde las faldas, desde el nacimiento del valle oscuro y quieto, sentían renacer esa esperanza que sólo puede brindar un astro flamígero en medio de la noche. Al día siguiente encontraron que el Valle que los recibía hacia el sur, lozano, vegetal y acuático (todo a la vez) comenzaba con un terreno do miles de juncos se apretaban para recibirlos. Por eso nombraron a esa zona Tollan o “lugar de Juncos”. Muchos años después, los entusiastas habitantes, ya coloniales, decidieron erigir un templo en conmemoración a Isabel, Reina de Portugal, que para entonces era ya una Santa. Así Santa Isabel Tola construyó su nombre, palimpsesto menor ensamblado al palimpsesto máximo que es la Ciudad de México.

            Isabel es, también, una acaudalada protagonista del cuento “La casa nueva” de la magnífica Amparo Dávila. Su vida de lujos y negocios, quizá también su practicidad, no le permiten honrar un duelo, que al final es el último auxilio que nos piden los muertos. Sufre entonces la consecuencia de su desacato, lo sufre en su hija, lo sufre ella misma y la solución final es irse de vacaciones y encargar a sus otros hijos le compra de una nueva casa. Qué delicia de cuento. Los espacios y ámbitos de Amparo Dávila, no sólo hacen eco del interior atormentado de los protagonistas, sino que se reconocen como estadios y monedas de cambio, lo más valioso y lo menos valioso: el cuento inicia con la venta de una casa idílica, paradisiaca, y termina, después de pasar por una casa horrible y maldita con la promesa de la adquisición de otra. Qué lujo tener como mayor problema la venta y adquisición de una casa. En este breve cuento hay más corazón y emociones que en la película de Edgar Wright. En este cuento amargo y reflejo de un grupo de personas que especulan con todo lo que les rodea, no hay ni una pizca de engaños, falsa creación de expectativas, ni mucho menos una agenda ideológica tan líquida (Bauman dixit), como la del director inglés: con música espectacular, actrices en ciernes y efectos especiales pulidos hasta el hueso con tal de que no veamos la carne, y de que confundamos el sentido final, —fluyendo desde y hasta la nada— que no se puede ver en un pantano, sino desde los juncos, allá adelante, donde habita la espera y no el dictado.

Categorías
Las tramas recientes

Elaine Rudisberg

Cuesta trabajo aceptar que uno está equivocado. Que una cosa creída auténtica y genial, se demuestre ficticia y retorcida. Dos ejemplos: en los pasillos de la secundaria técnica en la que pasé gratas y anodinas horas creí ver, en un desplante innecesario de optimismo el anuncio: “Eres genial”. Recibidas estas palabras como un revés a mi recién inaugurada y puberta inseguridad, el efecto boomerang fue inesperado. Al pasar por el mismo sitio algunas horas después, descubrí que lo que creí feliz reconocimiento era una infografía sobre el “Herpes Genital”. Y quince años después me ocurrió algo parecido, con un personaje en la serie de comedia Seinfeld (1989-1998)

            Creí que Rick, un personaje alto de lentes y de apariencia nerviosa, que está obsesionado con Elaine Benes, era el mismísimo creador de la serie: Larry David. Así se lo informé a mi amada compañera. Y mientras le aseguraba eso, como una verdad ineludible, elucubraba las palabras precursoras, etéreas, de estas palabras que estás leyendo, en otro sentido, con otro cariz. Pero hube de investigar para sentarme a escribir y el terrible descubrimiento detuvo el aterrizaje espectacular de esas ideas de palabras, que desgraciadamente poco tienen que ver con las palabras encarnadas. El actor que interpreta a Rick es Sam Lloyd. Mi decepción se entenderá a continuación.

            Hay una idea/motivo en la literatura de terror que he comentado poco en este espacio, y es la de la monstruosa/horrorosa creación. A rasgos generales y mejor explicados por el filósofo Noël Carroll, éste es el segundo gran motivo de la literatura de terror: la creación que se vuelve siniestra y destruye a su creador y/o es destruida, para restablecer la “normalidad”. Mejor ejemplo: Frankenstein. El golem, otra opción; La pata de mono, una variante —porque todo deseo cumplido tiene un creador/deseador y muchas consecuencias—; Rudisbroeck y o los autómatas, una obsesión. Y aquí me detengo. El mismo Emiliano González reconoce como precursores de su cuento a otros autores interesados en los autómatas, los dobles, los maniquíes. Es más, su cuento y los de los precursores son reconciliaciones entre motivos: el creador blasfemo y el descubrimiento complejo se unen para brindarnos tramas elaboradas en las que nada es lo que parece y los seres humanos son espejismos de sí mismos, girando sobre la realidad de sus existencias y determinaciones. Títeres o copias, seres huecos o repetidos en sí mismos.

            El hijo de Cronenberg, y de ello hablaré tendido luego, cayó en la tentación. Y cómo no, si parece que los Cronenberg existenz para recordarnos que la realidad no es más que una ficción, un sueño de la carne que la mente intenta descifrar y ¿trascender? Trascendiendo el cine sucio de su padre, Brandon Cronenberg, nos muestra en Possessor (2020) un galimatías visualmente bello, pero muy etéreo, que hace sentir la otredad y la manipulación de un cuerpo vacío (títere/marioneta), por medio de una mente vacía, que en un momento de la película entra en una cámara “desocupada” a ver, de manera virtual, las vidas “reales” de otras personas.

            Hemos trascendido al ser vivo y ahora somos avatares/poseedores/compradores/usadores/perfiles/maniquíes que se equivocan o que creen que las palabras, las caras, las emociones, son las cosas en sí y no trampas/cajas/señuelos/anzuelos/reflejos/letras.

            Ahora entenderán el porqué Julia Louis-Dreyfus le hace lo que le hace a esa usurpadora/desenmascaradora copia de ella misma que diseñó —y ahora entenderán mi decepción de hace un momento— alguien que no era el creador de la serie, sino otro personaje que se le parecía.

Categorías
Las tramas recientes

Estaban una pulga, dos albinos y una anciana

El miedo es el analgésico que los astutos les recetan a aquellos que les son útiles. El miedo es la forma de control más instantánea y asequible. Y, sin embargo, la menos efectiva. Es paliativo frente a la cirugía del terror. Pero hubo un tiempo en el que el miedo fue suficiente. Como sanguijuela paliativa, fue reina en la era preindustrial. Esa época en la que reptaba sobre la faz de la tierra con la serenidad de quien posee las mentes y corazones de todos los seres vivos.

            Y estaba en todos lados porque aparentemente mientras menos se sepa de la vida que nos rodea, más se le teme. Ahí estaba la reina, en las copas de los árboles, en el fondo de los acantilados, en las corrientes de los ríos, en los extranjeros y sus prendas ajenas, en los colores del cielo y en la tintineante espera de la noche. Y por ello quizá Freud, el cocainómano alegre que nos enseñó las ansiedades de la era moderna, hablaba sobre lo “infamiliar”. Curioso es que ahora el uso del miedo se reserve al ámbito doméstico, con las amenazas paternas, con las sutiles muestras de desconocimiento con las que se regalan las parejas. Y ahí es sólo el insecticida al que se han adaptado nuestros afectos.

            ¿Pero de algo ha de servir el miedo en estos días? Pregunta un avestruz desde su agujero. Probablemente le pusieron cemento mientras dormía, aunque con esa patilargas nunca se sabe. Claro que sirve de algo, plumífera alcahueta. Claro. Es igual que la elegante sutileza que ciertas personas cultivan aún ahora. Útil para las individualidades requeridas, exaltadas y, por los mismo, ignoradas. El miedo sirve por ejemplo para no dormirse. Si uno quiere pasar la noche debajo de las sábanas lo único que debe hacer es sumergirse en la narrativa de las cómodas, de los libreros y de los estantes que estén más próximos al lecho.  Allí en verdad suceden cosas espeluznantes. Los desodorantes abusan de los perfumes y los peluches y demás regalos que descansan durante el día, cometen los rituales y los movimientos más siniestros y ominosos. Los roperos agitan sus puertas con los rituales impuros de la ropa limpia. Los frascos de medicina se escupen pastillas y gritan desde sus gargantas muertas.

            Quizá quieren que regresen los tiempos viejos, los miedos perpetuos que habitan en los cuentos de hadas: Il racconto dei racconti (2015) Las historias dentro de nuestro cuerpo. Los años de lujuria, deseo y desidia. La humanidad es vieja. Y los sentimientos, nuestras ruinas más palpables, son perpetuos pasadizos por el tiempo. Lugares de magia, sitios donde los monstruos no mueres y preñan las mentes de los que se atreven, con inmensos bosques y asesinatos increíbles. No importa como fue el pasado, lo importante es no dejarlo morir. Traer de nuevo esos trajes que se ven tan bien en los cuerpos de actores consagrados y volver un poco más luminoso ese espacio de nuestro pasado en el que la luz sólo servía para iluminar la aridez de nuestras caídas, la sangre de nuestras heridas y la madera de nuestro cofre.

Categorías
Las tramas recientes

Cuándo terminar

En el manantial incansable del capital, no hay nada más horrible que el final, el tope, el desgaste, el hartazgo. Se necesita que todos los que caen en la interminable fuente de sus plásticos cauces lleven un kayak a la altura de sus precipitaciones, capaz de garantizar un potente y renovado vértigo cada cierto tiempo. A la mierda la paz soporífera en la que cae Cronos; si estamos todos en pos del mismo abismo, ¿cómo desestimar la novedad recurrente?

            Y como en todo lo que se desprende dentro de esa gravedad (contraria por cierto a la naturaleza entrópica del universo), los relatos tampoco escapan de la tiranía del sobresalto. Es una parte inherente al suspenso. Como en todo, hay estudios de prestigiosas y caras universidades que han determinado que la fórmula estricta e inalterable de una buena historia es siempre su capacidad de sorprender. Él éxito de un producto de entretenimiento narrativo es proporcional al número de giros y sorpresas que contenga. O al menos así fue hasta que todos lo hicieron igual. Y como pasa con toda droga que se consume con frecuencia, los consumidores comenzamos a buscar un efecto más fuerte, más sofisticado, más diferente.

            Y ahí vamos, consumidores imparables e infatigables, regalando horas de nuestra vida a la búsqueda de esa historia que nos va a reventar la cabeza con sus vueltas y argumentos. Y allá van las casas productoras, los guionistas y los directores, apuntando sus armas hacia el descubrimiento, la explicación y el alumbramiento más efectivo, menos repetible. Pero pocos se han preguntado ¿cómo terminar? Cada entrega promete la conclusión más efectiva sólo para reaparecer dos años después con la continuación, y el nuevo misterio y el (ahora sí) desenmascaramiento final. Pero no lo hay. En esta posmodernidad nostálgica los personajes muertos no saben descansar. Son muertos vivientes que se alimentan de las manos cercenadas (con erguidos pulgares) que se les avientan desde las redes sociales. O desde tanques de ideas que necesitan que tal o cual cosa llegue a hacer más llevadera el colectivo desplome por la ya mentada cascada.

            Ejemplos de no saber dejar morir las cosas tenemos todos a mano. Y si no me creen, pregúntenles a sus exparejas, a sus trabajos, a sus tesis, a sus fantasías. Bueno. Tampoco hay que ser tan duros. Pero aquello de las exparejas sí que es un ejemplo más democrático. Y no hablo por los que terminan y vuelven, terminan y vuelven, sino por los que se casaron, o por los que han huido sin dar explicaciones, o por los que inician e inician relaciones sin terminar las previas. ¿Para qué terminar si todo puede ser un completo flujo sobre el que nos deslizamos? ¿Para que detener el ritmo del mundo?

            Porque el final es indispensable. Lejos estoy de predicar la modita del cierre. Pero sí la del término. Y es que quizá ya hemos terminado tantas veces, con nosotros y los demás, pero sin darnos cuenta, que entonces no somos ni muertos, ni vivos. Vivimos en el limbo de la cascada donde nada termina y todo lo que parece prometer un final a las dos semanas ya es un peluche, una piñata y una película; y para dentro de un mes, ya es basura.

            Pido perdón a las exnovias que no supe terminar. Por favor, excusen al pelmazo que creía en la vida perpetua y que insufló las llamas de Prometeo a cáscaras ambiguas que a nadie bien hacían. Les juro que no quería que las cosas quedaran como en El teléfono (2020) de Lee Chung-hyeon. Les agradezco a las demás que con su sensatez me permitieron evitar repetir el mismo recurso de sobresalto tres veces. Los cineastas surcoreanos suelen apostar por las buenas ideas, las ingeniosas y poco fáciles, pero cuando para terminar escogen el endless outro norteamericano, sólo confirman que la inercia humana es hacia el centro del abismo. Y algo que me dice que este es justo el momento de …

Categorías
Las tramas recientes

Querer encontrar en todo I

1922

Quizás el principal horror de la vida moderna sea el vacío. De necesidades y responsabilidades están llenas las ciudades. ¿Ya vieron la nueva ley, ya agregaron a su lista de reproducción la nueva canción de ese nuevo artista que salió la semana pasada, ya leyeron la nueva entrada de su blog sobre películas favorito? “Las ciudades son para tontos”.  Sólo un tonto renunciaría a la paz de una buena tierra, a la tranquilidad de vivir sobre su propio espacio y comer lo que éste le dé. Nadie necesita más que el sol sobre la cara después de la faena.

            Sin embargo, él vivía en la ciudad. No sólo le bastaba vivir, sino que necesitaba trabajar y estudiar para poder conseguir las cosas que quería, los antojos que necesitase. Pero cuando uno empieza a entender de las cosas que compra y a diferenciarlas, quiere siempre las mejores. Porque las cosas tienen un rango: se las puede hacer por millares para todos los que, como aquel, quieran tener lo mismo que tienen los que le rodean; o se pueden crear especialmente para la ocasión, para el momento. ¿Qué jerarquía tendría el pañuelo especialmente fabricado para ser entregado a ese desconocido sollozante que uno encuentra en la calle, frente a la simpleza de la servilleta que nos guardamos en el bolsillo trasero del pantalón y que le entregamos al amigo que ha salpicado su ropa? Las ediciones especiales siempre valen más. Un mundo de objetos sólo puede sostenerse por sus singularidades. ¿Quién tiene el mejor? Por eso, él, que había pasado las últimas dos semanas investigando en qué librería podría comprar un libro de Stephen que había estado paladeando en una página argentina dedicada al “Rey del terror”; él, tenía que tener al menos la edición de Plaza y Janés (la edición que comentaban los sudacas era inasequible), que estaba en el aeropuerto internacional de la ciudad de México. ¿Y cómo es que las precarias almas recién ingresadas en la maquinaria laboral pueden adquirir cosas que rebasan ligeramente sus gastos regulares? A bonos. Y es aquí con esa palabra tan corta y amable a la dicción, pero bañada en usura, en donde habita un ser, un bicho deleznable y reptante.

            Todo hombre tiene dentro de sí a un desconocido, a un Hombre Gastador. Ese ser que se apodera de la mente y billetera de su contraparte pasiva. Ese animal que no está dispuesto a dejar pasar una buena caminata y un recorrido nuevo con tal de adquirir lo que desea. A quien esto pueda interesar, le advierto, esta es una confesión: en octubre del 2013, el Hombre Gastador compró el libro con la complicidad de lo que en aquellos años se llamaba Descuento Vía Nómina (pero que desde antes de 1922 se conocía como Tienda de Raya). Pero la culpa toda fue del Hombre Gastador que lo llevó a cabo, lo planeo, lo localizó y después de un ligero desvío en su habitual ruta a casa, lo compró.

            Ahora, justo después de haber visto la película basada en la primera historia larga del libro, el Hombre Gastador está dormido y su mitad consciente aprovecha la oportunidad para agradecerle a Zak Hilditch por su visión peculiar de esa historia que ni el Hombre Gastador ni él habían disfrutado ocho años atrás, pero que los había seguido a lo largo del tiempo; detrás de esos ruidos en las paredes y esos ojillos blancos que apenas se distinguían en las noches; detrás de todas las cosas que habían conseguido, perdido y usado hasta el desgaste; allí estaba la certeza de que “para 2030, sólo las ratas serán felices”. Y el vacío, por supuesto, el vacío estará riendo.

Categorías
Las tramas recientes

Conveniente indulgencia

Hay películas de terror que te recuerdan que el tono y el ritmo son elementos vitales para el género. Hay cuentos de terror en los que una palabra puede recordarte otros veinte cuentos similares. En ambas oraciones hay dos tipos distintos de terror que no se viven o ven en la pantalla. Son dos tipos de angustia de los que pocos espectadores son conscientes. Se trata de los miedos de los creadores. ¿En qué momento se le ocurrió a Claudio Fragasso que una línea pausada y exagerada podría generar angustia en un espectador? ¿Por qué Alfonso Corona no usó murciélagos más toscos y menos plastificados en las películas del Santo? ¿Habrá sido que esas decisiones les quitaron el sueño o acaso se pasaron todo por el arco del triunfo y hasta se burlan de los que lo señalan?

            El misterio del creador es una fenomenología equiparable a cualquier axioma religioso. Aquel que haga existir algo donde antes no había nada, es un ser superior. O era. En este mundo donde la creación se ha democratizado, el ser extraño (que esta vez no exaltado) es el que no hace nada de lo que los demás sí. Y las herramientas son infinitas. Las aplicaciones que se han desarrollado pueden retocar, aumentar, componer, afinar, redactar y agilizar procesos que antes tomaban días, semanas. Y aún así se siguen buscando los medios clásicos de validación, al grado de que muchos booktubers “publican” libros o dan entrevistas en medios o realizan giras y entonces están en esa otra esfera del poder donde la mitología los envuelve y son ese creador misterioso y recatado que rara vez entendemos del todo.          

   Hoy no me voy a quedar mucho tiempo con ustedes. Sólo pude ver/tolerar una película durante esta semana que termina y fue un desliz. La bóveda (2017) es una película tan torpe como sus personajes. Digamos que podría ser una puesta en abismo bastante interesante. Si hubieran puesto también los errores y problemas del equipo que filmaba la película, en paralelo a los errores de los asaltantes, el ejercicio hubiera sido, cuando menos, ingenioso. Pero no fue de ese modo. Se montaron en el juego de la seriedad y la imitación de las formas. ¿Recuerdan al escritor temeroso que escribía esa palabra/lugar común? Pues ese es el guionista de esta película, y lo perdono. Porque he estado ahí. Porque él al menos ha hecho el guion y quizás hasta lo dirigió. Alguna vez lo mencioné: uno no sabe lo que sufre alguien que lleva a cabo algo hasta que uno mismo lo intenta. Y va más allá del “si no te gusta, hazlo tú”. Va más allá de que ahora todos seamos creadores. Esta indulgencia a lo mal logrado es una paz. Un saber que, detrás de todo el misticismo del creador siempre hay un ser humano que se equivoca, como tú, como

Categorías
Las tramas recientes

El poder es ancho y ajeno

Hay un cariz bastante negativo en el uso actual de la palabra cinismo. A diferencia de la gente que es irónica, la cual posee un aire de incomprendida y melancólica inteligencia; los cínicos son aquellos seres horrendos que van por ahí haciendo el mal, sin arrepentirse (malditos inmorales, bastardos sin dios) y con la alegría adherida e irremisible en el rostro. Yo sé que, para algunas personas, mis constantes idas al origen de las palabras, pueden ser irritantes, vanas, rebuscadas; el probable recurso pobre de una retórica quisquillosa (tiquismiquis) y conservadora. Pero no.

            Fui el encargado (aka “El jefe”) de una librería. Bajo mi responsabilidad tenía unos catorce mil libros, dos mil pesos de fondo en la caja y seis personas. No tengo buenos recuerdos de esa época. En primer lugar, porque me sentía superado por mis deberes allí, en mi casa, en la escuela y con la que fue mi novia por aquel entonces. A la luz del desarrollo personal (esa rama económica del sofismo), aquella época debería ser un trecho extraño por el que debía pasar para superar una parte de mi pasado y llegar a la meta de concluir mis estudios, buscar un mejor trabajo, y terminar mis relaciones con las personas tóxicas. Pero eso es sólo autocomplacencia. Reduccionismo histórico que no tiene nada de relevante. Palabras, palabras.

            En la actualidad sólo los poderosos son cínicos. Porque en la actualidad el que tiene uno o varios poderes a su disposición, puede hacer lo que quiera. Y lo que les seres humanos queremos no siempre es lo mejor para los demás. Nos hermana la desgracia, pero nos enemista la buenaventura. A mí me gustaba ser jefe de esa librería porque los representantes de las editoriales te trataban con interés y yo podía cobrarles esos favores: libros con descuento o gratis, invitaciones a presentaciones y fiestas. Cobraba un salario mejor que cuando era librero y podía tener justo ese horario que me convenía para ir a la escuela. En realidad, esas tres cosas no tenían porque estar peleadas con lo y los que me rodeaba, pero al parecer uno tiene que tener mano dura y parecer enojado, molesto y estresado para poder sustentar esos privilegios y, sobre todo, hacerles saber a los demás que ellos no eran iguales a mí. Auctoritas non veritas facit legem. (Las autoridades, y no las verdades, son las que hace la ley).

            Problemas con la autoridad he tenido desde la primaria. Ni siquiera es por un ideal, o por una causa. Tampoco es que sea Marlon Brando. Mi asunto con la autoridad es que quizá soy muy indisciplinado. Eso me lleva a tomar con laxitud ciertas figuras que de común acuerdo son moldes. En esos años de virreinato en la librería me encantaba decirles a los demás colaboradores que todos éramos iguales, les llegaba a perdonar impuntualidades y deseos. Y esa actitud estaba lejos de la relación convenenciera que tenía con los representantes de las editoriales. Si yo trataba a los demás así era porque no quería que me vieran como un tirano, quizás especialmente, porque yo no quería verme a mí mismo convertido en tirano. Pero entonces pasaban esos pequeños conflictos de interés en los que un deseo que ellos tenían, no encajaba con uno de mis deseos y viceversa. Y pasaba, cuando no podía hacer nada más que poner, por encima de sus anhelos, el mío, que venía el cinismo. Que no es otra cosa que la reacción que muestra el que pudo, con los que no pudieron. Y ahí hay diferentes grados de cinismo: desde el culpable y lleno de inconsistencias (más cercano a la impotencia cristiana) hasta el burlón y presuntuoso del que hacen gala muchos empresarios y políticos; pasando por el de aquellos que viven alrededor del sistema de creencias y actos en el que vivimos día a día. Estos últimos son los cínicos de verdad, los “perros” que viven para el ocio y que ejercen el poder de la libertad.

            Jayro Bustamante está lejos de estas displicencias retóricas. Él no da maromas para contar una historia tan cierta y poderosa que no necesita de fuegos artificiales, ni saltos de cámara, ni música sugestiva. Él pone el horror y sus formas al servicio de la crítica social y voltea los lugares comunes para darnos una maravillosa visión de la destrucción que dejaron a su paso las dictaduras militares en Latinoamérica. La llorona (2019), es la épica del sufrimiento de aquellos que son silenciados por el poder de mentes enfermas e insensibles. Y digo épica porque a los únicos personajes a los que se les permite estar fuera de la naturaleza binaria de la epopeya, es a los que orbitan alrededor de las víctimas y los verdugos. Y esa franja media de los llamados “espectadores” es la que reconocemos más propia; aquella en la que nos sentimos más cómodos para ver la vida. El sitio holgado del que no ha matado y no ha sido muerto. Ese asiento donde podemos ser todo lo complejos que necesitemos sin lastimar a nadie y sin que nadie nos lastime. La medianía que todos anhelamos en las democracias capitalistas. La paideia desde donde podemos escribir lo que sea. Las anteojeras que ahogan las culpas y que de alguna manera u otra nos mantienen a salvo de ejercer nuestros deseos por encima de nuestros iguales y nos mantienen lejos de estar estorbando los deseos de alguien más.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar